23/9/19

Por Víctor Muñoz,
Guatemala


Perro expiatorio



        El mismo día que nos pasamos a vivir aquí a mi hija la mordió el perro de los vecinos.  No fue mucho, apenas un rasguño, pero…  

Esa misma noche vinieron los vecinos a ofrecernos sus disculpas, a explicarnos que el perro estaba vacunado contra la rabia, que nunca lo soltaban pero qué mala suerte hoy.  También nos dijeron que se ponían a nuestras órdenes por cualquier cosa que se nos ofreciera.

En cuanto se fueron me puse a planificar lo de la verja. Decidí que mañana mismo le voy a ordenar a Toño que la comience.  Tiene que ser de por lo menos dos metros de alto para que no se mire nada para adentro.   En la esquina quiero que me le construya una torreta.  También quiero que me ponga unas pilastritas para que nadie vaya a estar encaramando su carro en mi pedazo de banqueta.  A Miguel le voy a ordenar que venga a ver lo del jardín.  Quiero que me le cambie de lugar a los dos árboles de eucalipto y que el naranjal lo pase para atrás.  También quiero que me le den vuelta a la casa para que el sol de la tarde no moleste.  Después voy a ir a hablar con Genaro para que me mande unos tres muchachos de los más duros para que me hagan ronda por lo menos dos o tres meses y para que a cada tres o cuatro días hagan unos disparos al aire.  Todo tiene que quedar arreglado esta misma semana.

Y una vez que lo tuve todo planificado y decidido me dormí.  En la madrugada me levanté, agarré la pistola y me fui a matar al perro porque a mis hijos nadie me los toca y quiero que vayan sabiendo cómo es la cosa conmigo.


Cabrones.




Víctor Muñoz es un novelista, cuentista y poeta guatemalteco al que le fue otorgado en el año 2013 el Premio Nacional de Literatura.  Algunos títulos de su obra: Collado ante las irreparables ofensas de la vida; La noche del 9 de febrero; Posdata: ya no regreso; Sara sonríe de último; Instructivo breve para matar al perro: y otros relatos sobre la atribulada vida de Bernardo Santos; Principios y ejercicios democráticos para desalojar a los gatos; Cuatro relatos de terror y otras historias fieles; Las amistades inconvenientes; La reina ingrata: cuentos; Cuentos: antología

8/1/19

Por Maco Luna,
Guatemala


El Duque 

                                                  
  
Cuando el Duque veía volar a las aves y las mariposas, el viento de los sueños agitaba sus pensamientos. Amaba la libertad porque no la conocía. La había visto un par de veces en la efigie de una moneda. Desde cachorro fue confinado a la terraza y sus paseos solo eran imaginarios: recorría el horizonte de techos viejos, y por las noches   miraba cómo el diablo bailaba la danza de las almas sobre las viejas casas.  El espectáculo esperado era ver la figura de un gato arqueado bajo la luz de la luna. Los tecolotes llegaban a hacerle compañía y le contaban acerca de  las cosas simples de la vida. 
Conforme fue creciendo pudo asomarse a través del muro a las casas vecinas y se fue familiarizando con los gritos y las palabras fuertes de sus dueños. Qué diferente esa casa que le quedaba más cerca y de la cual brotaba una luz y siempre oía cantos y risas. 
Desde que amanecía se escuchaba la voz melodiosa de la señora,  dándole vida a todos los rincones. Su curiosidad lo empujó a ponerle más atención al devenir de la gente que vivía en esa casa, y pudo darse cuenta de que la base era una pareja de viejos. Ella cantaba mientras lavaba sus camisas blancas, y él la acariciaba con una mirada demasiado viva para su edad. Ella presentía el calor de los ojos amados y corría hacia él para fundirse en apasionado beso. Bastaba mirar hacia el patio de esa casa para ver todo en amarillo, porque el amarillo es el color de los enamorados, era la luz que, como el agua, inundaba todos los rincones. 
El Duque podía ver lo que los viejos veían el uno del otro. Lo que de único tenía el uno, y lo que de único tenía la otra; él presentía el amor. Cierta noche los tecolotes le aconsejaron que diera un paseo por los techos. Los gatos, extrañados, interrumpieron sus ensayos y le dieron paso. Cambiaron de techo para seguir con el jazz de las siete vidas. El Duque no sabía cómo enfrentar al mundo porque jamás había leído ese libro. No podía caminar con firmeza en ese terreno porque la ignorancia lo conducía en la oscuridad de lo desconocido; además, nunca había dado más pasos que sobre esa fría terraza. Sus ojos se bañaron con la amarilla luz de la casa contigua y hacia ella se encaminó. El torrente de luz lo envolvió y su voluntad se arrastró al patio de la casa vecina. Solo se escuchó un ruido sordo cuando cayó en el piso. Los moradores habían salido esa noche y nadie se dio cuenta de que un perro había caído del techo. El sol saludó al día a la hora acostumbrada, y cuando los enamorados abrieron la puerta el animal se vio envuelto por las mismas miradas que lo hicieron aprender a volar. Los dueños del Duque nunca se enteraron de que este había empezado a leer el libro del mundo.  El amor encendió la luz y una caricia le ayudó con la primera línea..